Diciembre sin tos

Posted: December 7, 2012 in Uncategorized

Te dejo dormir en medio de la lluvia que simula no caer sobre tu techo, entre restos de un pequeño apocalipsis que nunca se atrevió a llegar, entre silencios incómodos que hablan por todos nosotros, sobre todo por aquellos que aprendieron a callar cuando la situación se sale de control. Te dejo dormir y llevo a pasear lo poco que tienes de inteligencia, le recrimino un poco de atención; me respondes con delicada voz en medio de tu sueño pesado.

Deambulo por debajo de los árboles y las salientes de los techos para no mojarme, deambulo con hambre, deambulo con el secreto deseo de atragantarme con tus huesos en una extraña situación de canibalismo a la que tu abuela llamaría amor, o entrega, o sacrificio, o lo que sea que le haya enseñado su educación cristiana. Mi panza cruje, mis rodillas tiemblan ante la debilidad, mis músculos se resienten ante la privación; el peristaltismo de mis intestinos habla en mi nombre. Los silenciosos llamados de mi sistema digestivo buscándote con ansia casi asesina, con ansia intestina.

Fríos repletos de trayectorias en fríos que nacen de los huesos, espuma en las orillas de charcos de agua repletos de bichitos asquerosos, olores que catalizan el ansia de alimentar un estómago que ruge de la necesidad de abrazarte con sus enzimas, de disolverte y hacerte una junto con los demás compuestos químicos; un detalle que no tiene nada que ver con tus buenas energías de hippie en decadencia, ni ese estúpido flower power, ni la energía positiva del universo; el hambre es más grande. El hambre te hace visible, te recrea en instantes austeros que aparecen revestidos de respuestas reflejas de salivación y predigestión y una especie de aullido perruno, el que es exactamente antecedido por una contracción de las pupilas y la tensión muscular para luchar por esa respuesta de supervivencia que duele en lo más profundo del sistema límbico.

Pero diciembre llegó sin tos, sin reclamos, sin líos existenciales; pero sobre todo, sin tos.

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Galatea

Posted: November 9, 2012 in Cuento, Reciclaje
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Catorce preámbulos antecedieron al pálido escribir de Galatea que, sin una pluma ni un lápiz, plasmaba su sangre en hojas de lino, abriendo de par en par sus venas para que el espeso líquido que de ellas manaba dibujara las letras una a una, haciendo de ese pedazo de tela inerte una mariposa que expelía luz por la boca… y Galatea se ponía la escafandra.

Cuando ella sabía que transgredía los cánones que debía llevar su soneto hecho viento, caminaba cerrando la herida, andaba y desandaba sus pasos; caminaba encerrada en su cuarto para no sentir en sus retinas algún flujo de luz que pudiera dejarla ciega. Galatea ahora reposa, se mira a sí misma desde un agujero que ella misma hizo en la pared de ladrillo un día que no supo qué hacer con su alma, se observa mientras duerme y sueña que es ella, sueña que escribe y que sobradamente engulle su propio reflejo; cuando se ve a si misma cree morir de nuevo al amanecer. Galatea tiembla, su cuerpo apenas se mueve cuando sus pulmones se hinchan de dolor hecho oxígeno.

Un amanecer frío despertó entonces a Galatea que ya no se veía más a si misma sino en el espejo, sorbía con desgano el desabrido té del desayuno, se sentía quemada, se sentía inútil en medio de ese cuarto cerrado y deseaba con todas las fuerzas de su gastada alma poder salir de aquél cuarto del cual era prisionera; pero la luz la atemorizaba, sus retinas temblaban cuando algún rayo se colaba por los cartones que tapaban las ventanas, Galatea entonces suspiraba y recostada en su litera abría sus venas para poder escribir.

– “Solías ser como mi gemela Galatea, solías estar conmigo en la alfombra de luz que circundaba tus cabellos, y si mal no recuerdo, acariciaba tu pelo con suavidad y ternura; ahora que ya no estás ni respiras, acaricio el polvo que se arrima en la cabecera de mi camastro… Sus dedos recorren mi cuello y llegan hasta mi pecho, Galatea, no sabes cuánto le temo”.

Así, Galatea se vio de nuevo envuelta en un discurso en llamas, incorporándose, sintió de nuevo el mareo que la atrapaba cada vez que escribía demasiado; entonces cerró los ojos por un instante, por un efímero momento para así poder hacer desaparecer a los fantasmas que la acompañaban cada tarde; cuando volvió a abrirlos, vio su propia sangre chorreando por las paredes. Pero Galatea no está asustada.

Revisa una a una las palabras que ha escrito en busca de errores, las lee una por una; Galatea en lo más profundo de su inocente existencia primaria, sabe que no es más que un simple mito, se sabe todas las palabras de memoria, sabe muy bien que su realidad es tan solo una construcción ilusoria de palabras y discursos de los otros, de aquellos que la observan desde las rendijas de su habitación. Galatea devora la última bocanada de humo del cigarrillo que tiene entre los dedos, deja que lo demás se consuma en el cenicero que está atiborrado de colillas viejas y ceniza espesa hecha polvo; se pone la escafandra y echa a volar. Se siente débil, flotando entre las maderas de las paredes, a veces se golpea y las marcas le quedan firmadas en la piel. Su piel, que desde hace un tiempo está invadida de sendos moretones de sus anteriores vuelos.

Cuando sus pies tocaron el suelo, el chirrido de las maderas desvencijadas del suelo la despertó, abrió los ojos, se sintió asfixiada, y supo, como siempre lo sabía, que era el momento de quitarse la escafandra antes de ahogarse con su propia libertad. Volvió a sentarse en la silla, abrió sus venas para volver a escribir esas historias; la tinta se compone en el lino a partir de su sangre; las palabras bailan y viven mientras Galatea muere al articular las frases.

Al día siguiente, Galatea resucitó al despertar, respiró profundo y poco después se levantó de su litera, le molestaba el aire viciado que gobernaba su habitación, le provocaba constantes cefaléas y arcadas; sin embargo, se negaba rotundamente a abrir las ventanas para no ver las luces de un amanecer nuevo. Hoy y por primera vez en su vida, ella escribe sobre sí misma, sus venas están casi vacías, se le han acabado las cajetillas de cigarrillos y cada vez es menor el ansia de escribir contra el deseo de ver algo más allá de lo que sus ojos le permiten; una lágrima rueda por su mejilla y corroe parte del texto plasmado en el último lino que le queda. Su mano se hace puño rápidamente y la presión hace que un estallido de sangre manche su piel desnuda, grita de rabia y frustración, ve cómo la salina lágrima que broto de su ojo derecho disuelve todo el lino donde vio escrita su propia historia, sus penas y sus tristezas, sus miedos. Galatea otra vez susurra suavemente su nombre, lo repite de vez en cuando, está encarnada, asustada y en posición fetal en una esquina de su cuarto, la esquina donde la luz de la vela jamás llegó; escucha cómo poco a poco el cebo del candil va estallando cuando la llama en el pabilo va agonizando; Galatea repite su nombre con más volumen.

Cuando la boca de Galatea hubo pronunciado la última sílaba de su nombre en un gran grito ahogado por la desesperación, escuchó como unos pasos se acercaban velozmente hacia su puerta, comenzó a temblar; cuando los pasos se detuvieron hubo un silencio incómodo en todo el ambiente y alguien rompió la puerta de un golpe. Galatea gimió con desesperación, se llevó las manos a los ojos y los cubrió con fuerza, a medida que sentía cómo la luz diáfana le iba quemando las retinas, el dolor le provocaba un temblor extraño en los globos oculares, lo último que vio es cómo un haz de luz la iba dejando sin vista. Le estallaron los ojos en un sonido voraz que devoró su corazón.

Galatea está ciega.

Brutalidades

Posted: November 6, 2012 in Cuento
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Listen closer to your mother
You can hear her ocean roar
Sittin’ quiet in the corner
Put another record on
God hates a coward, sonny

(God hates a coward – Tomahawk)

Siempre se supo que Marcelo Cantero tenía el carácter animoso y que respondía a la más mínima provocación, un ligero intercambio de palabras y el gordito se ponía a los puños con cualquiera; era chato y lento, pero ágil para las piñas, en el barrio se lo respetaba, más por comodidad de no sacarle riña que porque se haya ganado nuestro respeto. Secretamente esperábamos que alguien pudiera venir a poner los puntos sobre las íes y de una puta vez le den su estate quieto al gordo hijo de puta ese.

No nos gustaba ser cizañosos pero más de una vez nos pusimos a caldear situaciones para ver si alguien daba la talla para sacarle la mierda a Cantero; se armaban trifulcas endiabladas donde volaban las patadas y alguna vez hasta se sacaron puntas y cadenas; a más de uno le midieron el aceite, varios de nosotros terminamos en urgencias, sentados en las sillitas esperando pacientemente mientras el interno de turno se esmeraba en no cagar los puntos de sutura. Una vez me pusieron seis puntos en la ceja, la doctora me puteaba mientras me desinfectaba la herida, debería haber visto cómo terminó el otro tipo. No Marcelo, ese gordo bastardo nunca pisó el servicio de urgencias, apenas salía con algún moretón o rasmilladuras, nada más; incluso cuando venían los cerdos y nos agarraban para encanarnos y nos sacaban la mierda aprovechando el uniforme, incluso en esas situaciones el gordo salía casi ileso.

A pesar de la incomodidad que me producía su cercanía, ese tipo me tenía una confianza a prueba de balas; no sé qué habría visto en mí, tal vez fue por aquella vez que lo fui a rescatar de un bar de mierda después de un partido de su equipo favorito; ese día habían perdido por goleada y se armó la grande entre las barras, los canas tuvieron que tirar gases y balinazos para dispersar a los barrabravas. Cantero y otros cuantos tipos más persiguieron a un grupo de fanáticos del otro equipo, los muy boludos tenían bandera, no se lleva bandera cuando uno juega de visitante; después de partirles la crisma y de mandar a tres de ellos al hospital, Marcelo y sus amigos se fueron a festejar su pequeño triunfo, comenzaron con dos chelas y se extendieron hasta más no poder; celebrar el exceso, prevenir el receso; hinchado de tanto alcohol y tambaleándose al caminar, el gordo decidió que era tiempo de volver a casa, minutos después se encontró de narices con unos tipos que buscaban retribución por sus compañeros que habían sido asaltados, persiguieron a Cantero de vuelta al bar; tuve que llamar a otros de los chicos de la cuadra, tomar un taxi y emboscar a los pendejos que estaban esperando a que el gordito salga de su escondite. Después de ese día Cantero me tenía en alta estima, me llamaba habitualmente para que nos fuéramos a poner unos tragos, él pagaba, nunca supe de dónde sacaba el dinero, pero siempre se encargaba de la cuenta. Casi me molestaba que el gordo me considerara su amigo, cuando estábamos borrachos se me adormecían los dedos por partirle la jeta si se me iba relateando con la cantaleta de que yo era su único camarada y que por mí él iría hasta la cárcel; pero yo piola, tranquilo, era mejor estar de su lado que en contra suya.

Aparte de ser alterado y borracho, Cantero era simplón, medio tarado; era fácil bromear sobre su frustración ante las cosas que se encontraban más allá de su pobre comprensión; había que aceptarlo, no eramos unos genios, la mayor parte de nosotros apenas y habíamos terminado la escuela, otros solo habían logrado pasar de año con mucha suerte; nuestros futuros apestaban a rutinas de trabajos mal pagados, si es que escogíamos la legalidad como alternativa. Eramos una suerte de malvivientes porque era lo único que sabíamos hacer, buscarnos dispersión de la rutina, anular nuestras existencias y buscar alternativas para distraernos de nuestra propia realidad. A fin de cuentas todos eramos en alguna medida simplones.

No sé qué hizo que Cantero me tuviera tanta confianza, cuando en cambio yo no le profesaba ninguna; no había forma que me naciera algo de fe por ese estúpido. Era posiblemente lo que la gente llama un mal amigo, hablando mal a sus espaldas, evitando a cualquier precio encontrarlo de casualidad por la calle, esperando que no me llame para salir de putas; y sin embargo esperando que no tuviera razones para sacarme la mierda cualquier día. Puedo decir si rubor alguno que lo que me mantenía callado y sin hacer nada era la pura cobardía y la comodidad de evitar algún problema, mientras tanto hacía el avance con su hermana. Si cantero se enteraba que andaba con su hermana me hubiera dado la vuelta la piel sin darme tiempo a explicarle la situación.

Siempre supimos que Marcelo Cantero era un reverendo hijo de puta, siempre supimos que algún rato alguien vendría a ponerlo en su lugar; pienso que todos estarían de acuerdo conmigo si digo que se lo merecía, que se lo veía venir, me tranquiliza un poco pensar que los demás se pondrían de mi lado si se llegaran a enterar que fue mi mariposa la que le abrió de costado a costado el hígado, la misma navaja que me regaló el día que me cogí a su hermana.

VOX

Posted: October 25, 2012 in Reciclaje
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(21 de septiembre de 2007)
(Extraído del basurero de cosas para reciclar: “Espacio sin Lugar“)

 
En lo alto una voz
-debajo tuyo habrá una voz-

Hoy llueves,
a lo lejos llueves.
Y cuando te acercas a descubrirme,
o cuando despuntas al alba;
llueves.
-debajo tuyo una voz-
solo llueve.

Al llegar el día
llueve; y gota tras gota
la lluvia me habla
-debajo tuyo la voz me habla-
y si llora la lluvia.
solo me habla,
gota tras gota…
Me hablas tú.

En lo alto una lluvia
-por encima mío habrá una voz-
la voz tuya,
tu voz que llueve.
Tú que llueves,
está de más, y no es suficiente.
tu voz, solamente en la lluvia

que mira al despuntar el alba.

tu voz, llueve, tu voz.

Juguetes Prestados

Posted: October 24, 2012 in Cuento
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“Una día, al salir del kinder, Valeria Virreira me dijo que me amaba; me voy a casar con ella cuando crezca, porque eso hacen las personas que se aman”

Dudo en decirlo, Valeria creció y olvidó que me amaba, hizo más con la natación que con los juguetes y los caramelos que me regalaba en los recreos, se fue quién sabe a dónde. Tenía disparatadas ideas sobre la libertad de ser, de viajar, de buscar, de reconsiderar los errores que había cometido durante toda su vida; nunca más la vi, nunca más oí de ella, me gusta imaginar que camina por el aeropuerto de Lyon una mañana húmeda y fría, que se acerca a la cafetería, pide un café noisette y se aleja al área de fumadores para encender un gaulois; es probable que tenga una de esas revistas para señoras, como vogue o esas cosas, un compendio de páginas y palabras en francés para distraerse en los momentos de espera hasta que su vuelo a Marseille esté listo para abordar. La última vez que vi a Valeria, apenas tenía 5 años, a veces le invento historias de cómo será su vida desde que se la llevaron a otra ciudad.

Ambos crecimos, no debería haber sucedido, la expectativa de la lógica es que uno de los dos haya permanecido con los mocos colgando, sentado en un columpio roto del parquecito que estaba cerca de la escuela; crecimos, cada uno a su tiempo y en consecuencia nos olvidamos mutuamente, nos dejamos de amar, ella ya no me regalaría caramelos, yo ya no desearía casarme con ella cuando creciera. Malditos dibujos animados, se me acalambraron Tom y Jerry juntos, el Capitán América no quería salir de su escondite detrás del librero de papá, el parquecito se cayó y encima de los restos construyeron una estación de policía que muy pocas veces funciona. Me construyeron una vida sin ella, me dediqué a vivirla sin ella, aprendí a jalarle las coletas a otras niñas para que me persigan por el patio del colegio, aprendí a ser reprendido por las profesoras por romper los cuadernos de mis compañeras de curso -solo las bonitas-; olvidé las tantas veces que mis padres me hicieron devolver los juguetes que Valeria con tanto cariño me había regalado. Ella nunca más recordó el beso que me dió en la mejilla cuando la ayudé a pintar esa imagen del payaso feo que la asustaba. Judith, la maestra con nombre de burro, decía que éramos buenos amigos, la muy estúpida; Valeria me amaba, y yo la protegía del payaso feo que Judith nos obligó a pintar para el álbum de fin de año.

El próximo vuelo a Melbourne se retrasó otra media hora, me acerco a la cafetería y ordeno un expresso doble, tostado arábico; me dirijo al área de fumadores y enciendo un Lucky strike magullado que dormitaba en el bolsillo izquierdo de mi saco. Valeria debería estar entre Roma y Brujas, me pregunto si tendrá hijos, intento imaginar cómo será su esposo; tengo la certeza de que es un tipo pudiente, de esos que a pesar de todo tiene esa punzante energía de la aventura y la novedad; un bastardo interesante que la lleva de vacaciones a Estambul o a Londres, esa clase de hijos de puta que comprenden la diferencia entre la rutina y la vida cotidiana, los locos que se supone que cambian el mundo y lo rediseñan con creatividad y soltura. Es la única manera en que puedo imaginarme a ese pelotudo, porque si fuera un zopenco con un puestucho de mierda en una empresa de publicidad, que llega a casa en la noche y se pone a revisar artículos sobre tonterías en Internet, y luego le da un beso frío a su esposa cuando se va a la cama, si fuera como yo, Valeria habría perdido su tiempo y el destino nos habría jugado una putada rompiéndonos los juguetes y agriándonos los caramelos. Ojalá existiera cosa tal como el destino, para así poder culparlo por ser tan hijo de mil putas.

Mi madre me llevaba siempre al mismo parquecito que se derrumbó y ahora es una estación de policía que casi nunca funciona, los sube-y-bajas eran demasiado altos y mi madre en su vertiginosa sobreprotección murmuraba no se qué cosas y decidía que mejor íbamos al tobogán y luego me empujaría en el columpio; yo odiaba a los niños que iban a ese parque, sobretodo porque eran muy llorones y siempre se quejaban cuando les ganaba las canicas; no entendían las reglas, no tenían la ética de mis amigos del kinder. Después del tobogán, cuando mi madre me empujaba en el columpio, comenzaba el interrogatorio cotidiano “y… Danielito, ¿qué has hecho en el kinder?” y las típicas respuestas: juegos, canciones, pinturas, esculturas de plastilina… las babosadas cotidianas; hasta un miércoles que la novedad era demasiado fortuita y arrolladora; “La Valeria me ha dicho que me ama, cuando crezca me voy a casar con ella”, me preguntó por qué me casaría con ella, “porque eso hacen las personas que se aman” respondí con aplomo. Mi madre soltó una carcajada y pronto le acometieron unos ataques de tos seca cuando el humo de su cigarrillo se entrecruzó con el hálito de aire y risa. No entendí por qué se reía, ella se había casado con papá porque lo amaba, ¿por qué yo no habría de hacer lo mismo? “La Valeria es my bonita, tienes suerte”, mi madre no entendía un carajo de la situación. Valeria me amaba porque le ayudé a pintar el payaso que la asustaba y que nos habían obligado a colorear para el álbum de fin de año, yo la amaba porque me regalaba sus juguetes y caramelos, y sus juguetes me gustaban mucho, no tanto las barbies, sino los legos que su padre le trajo un día de su viaje a Nueva York.

Nunca pude viajar a Nueva York.

Le doy un sorbo largo al café, las nubes y la probabilidad de tormenta se van disipando; a mi alrededor las escenas son clichés obvios de aeropuerto: el check in, la gente apurada, las despedidas y los reencuentros; voy hojeando una National Geographic que compré hace meses, ya no hay artículos sobre dinosaurios, nada es interesante si no hay dinosaurios. Crecimos y dejamos de ser interesantes, comenzamos a preocuparnos por los horarios; la hora en que te levantas, la hora en que te vas a la cama para que la mañana siguiente no andes con el mundo a tus espaldas, la hora de entrada, la hora de salida, esperar, mirar con detenimiento y hastío el reloj de pared, la hora a la que tienes que tomar tus medicamentos, programación adulta del día. Valeria quería ser “descubridora” de dinosaurios, yo hubiera querido ocultarlos en bancos de arena para que ella los vaya encontrando. No sé porqué pero imagino que un día prefirió jugar a ser señorita, quizás cuando conoció a ese chico en segundo de secundaria, aquél que la invitó a tomar helados y luego la llevó a caminar por la plaza; presiento que fue en uno de esos instantes, cuando estuvo perdida en sus palabras, que olvidó al tiranosaurio que perdimos por enterrarlo muy hondo, los veinte minutos que estuvimos llorando desconsoladamente porque tal vez otro niño iba a descubrir un tiranosaurio que ya no sería nuestro. Tal vez ese niño que encontró a nuestro dinosaurio la vio mucho tiempo después y con su encanto natural dio por sentado que un helado y una caminata bastarían para que el tiranosaurio sea de ellos. Quisiera partirle la jeta, quitarle mi dinosaurio de juguete y volver a casa para limpiarle la tierra. Estúpidos dinosaurios de goma, estúpidos helados de fresa con chocolate.

En el altavoz se escucha la primera llamada a abordar un vuelo con número indeterminado y con dirección a Melbourne, comienzo a caminar hacia la puerta de abordaje mientras la gente camina a mí alrededor sin percatarse de mi presencia. El universo de los adultos es descentrado, se expande inexorablemente hacia confines infinitos que nadie puede conocer y de los cuales no existe certeza alguna; y sin embargo no se abre a las sorpresas, se encoge y comienza a construirse en pequeños microcosmos que se aíslan mutuamente de la variedad de otros mundos; cuando Valeria jugaba sol y hielo conmigo, el mundo cabía en un caramelo y en el paquete de chicles de menta que mamá tenía siempre en el bolso, la aventura se desprendía de los pequeños actos de desobediencia que perpetrábamos en complicidad silenciosa; como la vez que rompimos aquél cenicero que su padre había recibido como regalo cuando lo promovieron en el trabajo, nuestras miradas de horror al ver el desastre y esa pregunta tácita que nadie se atrevió a decir “y ahora ¿qué hacemos?”, recolectar el vidrio desparramado intentando no cortarnos, buscar algún pegamento y ver que no nos descubrieran; nuestros pequeños crímenes no perfectos que terminaban cuando nos daban una buena reprimenda, Valeria llorando y yo intentando mantener los mocos con la mirada clavada en el piso; mamá pidiendo disculpas por mi mal comportamiento y un largo etcétera.

Y las canciones del Jackie Show, la turbulencia de los años que se amontonan en algún lugar del cerebro haciendo que olvide los pasos de esa canción que hablaba sobre un ratón chiquitín que comía chocolate y turrón; haciendo que Valeria se olvide de mí y de todas las veces que me obligaba a bailar esas canciones del cassette que le regalaron en navidad; tiempo pasado reemplazando esos recuerdos con Sipiripi y los power rangers. El paso vertiginoso de los tantos meses que siguieron al último día de clases del kinder, la manera frugal en la que olvidé el momento en que la vi agitar su pequeña mano en señal de despedida sin certeza alguna de si nos volveríamos a ver el siguiente lunes. Pero no hubo lunes siguiente, solo vacaciones, un domingo prolongado por 25 años, su visita a Buenos Aires, su vida en Belfast, y las demás historias que comencé a inventarle para equilibrar su falta en este plano de la realidad. Valeria comenzó a disiparse en mi mente, un fade-out demasiado acelerado atragantándose con algunos recuerdos de los días que habían pasado; poco a poco Valeria dejó de amarme porque la distancia no me permitía darle empujones en algún columpio que chirriaba al moverse, nos olvidamos el uno al otro porque algún día dejaron de pasar los Thundercats en la televisión; no se les puede pedir eternidad a los dibujos animados.

Un rumor frío me despierta, el capitán acaba de informar que en unos minutos estaremos descendiendo, me abrocho el cinturón y me golpeo la cabeza contra el respaldo del asiento de adelante; puede ser el jetlag o la descompresión gradual del ambiente pero creo escuchar una pequeña voz que me dice “¡Eso es to- eso es to- eso es todo amigos!”

Crecimos sin darnos cuenta, nos olvidamos, nos dejamos de amar. Qué hijos de puta.

El Mérito de la Ausencia

Posted: October 17, 2012 in Cuento
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La puerta se cerró dando un golpe que resonó en todas las habitaciones de aquél pequeño departamento de dos habitaciones, la puerta se cerró de manera abrupta, no la puerta física del departamento que él habitaba, sino la puerta que ella le abrió algunos años atrás, esa puerta que tenía extrañas formas de hacerle flotar con cuatro palabras bien dichas, mal pronunciadas, vagamente reflexionadas. Se rasca la barba descuidada por los días que no se ha rasurado, mantiene su mirada en un punto indeterminado, murmura unas cuantas palabras que ni siquiera él logra escuchar; respira con agitación y poco a poco va perdiendo la calma, crispa los puños y comienza a golpearse los muslos, se podría esperar que enuncie una pregunta al vacío, un “¿Por qué?” o alguna cuestión obvia; solo ruge y tensa los músculos de todo su cuerpo, siente la sangre que se agolpa en su cabeza y el calor que comienza a subir a través de sus mejillas, contiene la respiración y en cuestión de segundos sentirá un ligero mareo y un dolor sutil en las sienes; la extraña con rabia y desesperación, putea contra la lamparita de noche que no hace nada más que estar ahí iluminando su vigésimo noveno momento de debilidad desde que ella se ha ido.

Esta es la tercera vez que se va a decir a sí mismo que ya es suficiente, sabe muy bien que podría emborracharse y no necesariamente solucionaría nada; esa línea de coca que le ofrecieron anoche en el concierto solo hizo que quiera golpear al bartender y luego destrozara su habitación de lado a lado, nada parece funcionar, solo escucha puertas que se cierran y esa canción de Tom Waits que se repite una y otra vez hasta el cansancio en la computadora, “she’s sharp as a razor, but sweet as a prayer”. La minita que se trajo anoche no estaba mal, no era fea y estaba tan borracha que cuando le dijo “¿puedo llamarte por su nombre?” ella solo respondió “puedes llamarle lo que sea”; la calma de ese revoltijo y su aliento agrio con dejos de cerveza y tequila, ella se reía tontamente mientras él la acariciaba torpemente y le decía otro nombre al oído; un ir y venir de saliva, sudor y golpes mal calculados, los latidos que se aceleraban y todo iba bien hasta que ella gritó “¡hazme feliz de una vez!” y él solo se puso a llorar; la minita a medio desvestir solo atinó a tirarlo al piso y decirle “¿en serio?”, recoger sus cosas, patear la lamparita de noche y salir dando un portazo, un portazo que rima con “marica”. La pobre lamparita de noche que no hace nada más que esperar que la pateen una vez más en la resignación de lo que no va a venir en los siguientes días.

Solloza con palabras inentendibles mientras los mocos se confunden con sus lágrimas, hace media hora ha tocado fondo, sentado encima de la tapa del inodoro y abrazando un rollo de papel higiénico que buscaba para aminorar la humedad de su propio llanto, no puede ni masturbarse cuando hasta las actrices porno parecen darle una mirada de compasión mientras se quitan el uniforme de colegialas; ni pensar en el facebook, cierra la página y se pone a revisar las noticias del fútbol, su equipo ha perdido otra vez y pronto estará en la zona de descenso, “¡Genial!” murmura, mientras se pone a pensar que justo ahora todo a su alrededor se desmorona. Quince días desde que ella se ha marchado, los platos amontonados en el lavadero, la cocina engrasada, los panes duros en la mesa y otros clichés de película gringa; media hora después está tirado en su cama comiendo un cereal ensuavecido por la humedad, escribiendo y borrando mensajes en su celular, dándole vueltas a la idea de llamarla y pedirle que regrese; pero no lo hará, no la llamará ni le mandará mensajes, la batalla ha comenzado. La lamparita de noche que no hace nada más que estar ahí  ahora tiembla porque ve venir un futuro oscuro.

Definitivamente no ahora, no mañana ni pasado mañana, no se mostrará afectado, no debe demostrarle ningún punto de debilidad. Ensaya su sonrisa frente al espejo, se rasura con meticulosidad y practica las palabras que le dirá si acaso se encuentra con ella caminando por la calle; que sepa que está bien, que vea lo que se pierde, la batalla ha comenzado y él va a ganarla; es la décimo séptima vez que se dice lo mismo mientras masajea su quijada con la colonia aftershave; puede que sea el alcohol de la colonia o quizás otra cosa que haya en el baño, cualquier excusa que se les ocurra, sus ojos comienzan a ponerse rojos y sus labios tiemblan involuntariamente, va a llorar de nuevo y comenzará a preguntarse ¿Qué hizo mal? y por millonésima vez en los últimos tres días pensará si estaría mal ir a su casa y pedirle que vuelva con él, llorar tal vez sirva, a las mujeres se les mueve el instinto cuando uno llora; darle un discurso de las cosas que van a cambiar, de lo arrepentido que está y de cómo se ha dado cuenta de sus propios errores, llorar y repetir las cosas que ha aprendido en las comedias románticas, tal vez funcione, funcionará, no está desesperado, carajo que no está desesperado. La lamparita de noche se encoge de temor, aquí viene la patada otra vez.

Son las diez de la mañana, es la enésima vez que revisa el celular para ver si no hay mensajes nuevos o alguna llamada perdida tal vez; nada, solo el reloj dándole una extraña sonrisita burlona; se limpia las lagañas y hunde su cara contra la almohada mientras revisa si en la mesa de noche dejó alguna lata de bebida energizante, pero no tiene suerte, tendrá que levantarse a revolcar el refrigerador. La barba le ha crecido nuevamente, elude la idea de rasurarse hoy, prefiere quedarse a ver alguna película o algún noticiero o algún maldito programa de televisión; en los últimos días no ha cambiado mucho sus adjetivos para referirse a las cosas que lo distraen, todo es “maldito noticiero”, “puto ESPN”, “Tim Burton de mierda”, “coma bastardo etcétera”. Se levanta con desgano y camina arrastrando los pies con dirección a la cocina, abre el refrigerador y sabe de antemano que no hallará nada “¡Refri de las mil putas!”; derrotado por décimo segunda vez se sienta en una de las sillas y se rasca las bolas con aprehensión, está preparado para tomar la caldera y poner a hervir un poco de agua cuando repentinamente la melodía del ding dong del timbre lo despierta; corre a abrir la puerta atropellando las cosas que se hallan delante, respira profundo e intenta calmarse antes de girar la perilla con suavidad, es ella, ha vuelto, él sonríe y disimula su emoción.

-¡Hola! volviste…-
-Vine a recoger mi lamparita de noche-

Si la lamparita de noche que ha sido pateada tantas veces pudiera hacerlo, sonreiría con alivio.

Volver a ladrar

Posted: October 16, 2012 in Uncategorized


De nuevo y con perfil bajo.

Voy a volver a escribir, no es una promesa, es una resolución con la que he estado batallando desde hace algún tiempo en que creía que estaba falto de inspiración y esas estupideces; el sonido de la persistencia me está golpeando los tímpanos y me llama, quiero escribir de nuevo, quiero volver a estas andanzas.

La falta de inspiración, el bloqueo de escritor y todas esas cosas han sido mis excusas para no permitirme seguir trabajando en mi escritura, lo más probable es que todo eso haya sido motivado por la poca fe que le tengo a las cosas que escribo, pero en todo caso no tengo ninguna razón para seguir escondiendo mis textos.

Sin excusas, sin grandilocuencias, solo con un puñado de palabras y harto despelote; vuelvo a las ladradurías.

Bienvenidos sean todos aquellos que vienen a visitar y leer mis textos, procuraré publicar un texto semanalmente (siguiendo el ejemplo de mi amigo y colega Adrian) y me esforzaré en ser consecuente con este mi nuevo proyecto.

Gracias y hasta la próxima

Raúl